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Mi papá me cuida (de verdad)

7 de Noviembre de 2014

Cada vez más hombres asumen que ser padre es más que llevar a los hijos al colegio y ayudar en lo que se pueda. La paternidad, cuando se ejerce de verdad, exige amor y valentía

“Los hombres que cuidan a sus hijos tienen más cojones”, soltaba Miriam González, la esposa del viceprimer ministro británico, Nick Clegg, el pasado mes de abril mientras su marido realizaba un firme pero muy británicamente educado discurso sobre la necesidad de que los hombres se impliquen en la crianza de los hijos. Y González, abogada vallisoletana que trabaja en un prestigioso bufete de abogados londinense, lo dijo en castellano. No hizo falta traducción, ya que la palabra cojones es una de las más conocidas de la lengua de Cervantes en el mundo anglosajón. Una frase que saltó inmediatamente a los medios de comunicación y que, más allá de su sonoridad, plantea un interesante debate: ¿siguen los hombres rehuyendo implicarse, de verdad, en el cuidado de los hijos?

Según el Instituto Nacional de Estadística, las mujeres dedican 4 horas y 29 minutos de media cada día a la familia y las tareas del hogar, mientras que los hombres se quedan en las 2 horas y 32 minutos. Pero ellas también quieren realizarse profesionalmente, ir al gimnasio, salir de vez en cuando a cenar… Sentir que tienen un compañero a su lado con quien compartir la responsabilidad y el esfuerzo que supone criar a los hijos. “Es cierto que, cada vez más, los hombres participan en la crianza, pero todavía queda camino por recorrer en este sentido”, señala Agustín Béjar, psiquiatra y psicoterapeuta psicoanalista. Como considera Constanza Tobío, catedrática de Sociología de la Universidad Carlos III de Madrid, “los datos demuestran que todavía el cuidado de la familia no se reparte por igual entre hombres y mujeres. Aún falta un buen empujón para que llegue un día en el que las tareas del hogar y la crianza de los hijos se repartan al cincuenta por ciento. Las mujeres trabajan mucho más que antes fuera de casa, pero ellos no han avanzado en la misma medida en su implicación en la paternidad”. Así que muchas mujeres se ven en la obligación de realizar dobles o triples jornadas entre el trabajo fuera de casa y el doméstico. Y esta sobrecarga de funciones (ser madre a tiempo completo, trabajadora, pareja, hija) es uno de los factores que explican que ellas tengan un riesgo mayor de sufrir una depresión (esta patología afecta aproximadamente al doble de mujeres que de hombres).

Todos los expertos consultados para este reportaje coinciden en que sí, que los tiempos están cambiando, que ya no es como antes, pero que, aun así, más los hombres que las mujeres –hablando en general–, no luchan tanto en la batalla diaria del hogar y la familia. ¿Por qué esa alergia, pasotismo o pereza por bañar al niño, acordarse de los medicamentos que le tocan cuando tiene anginas o renunciar al partido de tenis porque hay reunión con la tutora?

“Porque no es sencillo ser padre o ser madre. Hay que ser valiente para ejercer la paternidad –apunta Agustín Béjar–. Los hijos exigen mucho tiempo y energía, así como enfrentarse a numerosos problemas cotidianos y conflictos emocionales”. Por eso la metáfora de Miriam González, aunque choque asociar genitalidad masculina con cuidado de la descendencia, se puede considerar tan acertada. Porque para criar a los hijos hay que echarle lo que hay que echarle. Volver de casa agotado tras mil luchas laborales y, aun así, dar la cena al niño, jugar con él, ayudarle con esas matemáticas que se resisten; manejar a un adolescente especialmente complicado; levantarse las veces que haga falta por la noche si el niño tiene pesadillas o está con fiebre; renunciar a dormir hasta las tantas el sábado para llevarle al partido de fútbol… Toda una serie de obligaciones que no siempre son sencillas de afrontar. La paternidad supone dejar de pensar en uno mismo para volcarse en una persona que necesita que mamá y papá le den mucho. “Hay hombres a los que todo esto les supera y que, por ejemplo, hacen tiempo en el trabajo para llegar más tarde a casa”, comenta José Ramón Ubieto, psicoanalista.

“Ser padre supone tener que madurar definitivamente –añade Agustín Béjar–. No digo que para madurar haya que tener un hijo, pero, si lo tienes, no hay más remedio que enfrentarse a muchas cosas”. Por ejemplo, al cambio de la relación de pareja. “El hombre, durante un tiempo, pasa a un segundo plano porque, en general, la mujer se vuelca mucho en el hijo. Y no todos lo aceptan –señala José Ramón Ubieto–. Por eso hay tantos conflictos de pareja y rupturas cuando los niños tienen dos o tres años. Muchos hombres no aceptan estar en un segundo plano, no asumen que su lugar en la relación ha cambiado, que ahora hay una tercera persona. Y salen corriendo”. Además, en estas edades los niños están en un periodo muy especial de su desarrollo, ya que ganan mucha autonomía, corren, hay que negociar con ellos. Muy monos, pero dan mucho trabajo. “Hay hombres que se sienten frágiles ante lo que implica todo esto –explica Ubieto–. Se abruman con todo lo que se les viene encima. Se sienten entonces atacados en su virilidad, ya que asocian virilidad con no tener fisuras, con no mostrar ningún tipo de debilidad. Y sus parejas se quejan de que no están a la altura, de que se sienten abandonadas, de que sus hombres no están donde deben estar”.

Quizás aleguen algunos hombres en su defensa que ellos no tienen instinto paternal. “Como si el instinto maternal fuese algo que nace de forma espontánea al dar a luz, cuando no siempre es así”, opina Ana Belén Jiménez Godoy, doctora en Antropología y psicoterapeuta. Constanza Tobío coincide en que existe la idea generalizada de que las mujeres saben cuidar a sus hijos porque lo llevan escrito en los genes. “Y no es verdad. Cuidar a los hijos es una tarea compleja, que se aprende con el tiempo y con la práctica; y los hombres deben aprenderla”. Un aprendizaje que exige mucho esfuerzo y dedicación.

A juicio de Jiménez Godoy, todavía quedan demasiados hombres que siguen adscritos a la masculinidad tradicional, según la cual ellos se realizan en la esfera pública, en el trabajo, y dejan a la mujer a cargo de la familia, que representa la esfera privada. Hombres que sí, que ayudan en casa, pero no llegan a esa cuota del cincuenta por ciento aunque su mujer trabaje las mismas horas que ellos. Incluso hombres que siguen creyendo discursos en blanco y negro, como que “los hombres no lloran”, “los niños no deben jugar con muñecas” o “cambiar pañales es cosa de mujeres”. Discursos que se han incrustado en el ADN emocional de muchos de ellos y desdibujan su manera de ejercer la paternidad. “Nos han metido en la cabeza que lo natural es que las mujeres sean excelentes madres por el hecho de ser mujeres. Y se le ha quitado valor afectivo a la paternidad masculina”, considera Jiménez Godoy. La cuestión es, como añade José Ramón Ubieto, que cada vez menos mujeres están dispuestas a tolerar que sus parejas las dejen solas ante la responsabilidad de encargarse de la familia. “Desde hace años se está produciendo un declive de la masculinidad tradicional”, señala Ubieto. Ya no está de moda el macho alfa que se limita a ser un mero proveedor de recursos para dejar la mayor parte del cuidado de los hijos a su pareja. “Ahora, lo que la sociedad y la mayoría de las mujeres le piden a un padre ideal es muy diferente de lo que se le pedía dos o tres generaciones atrás –comenta Ubieto–. Ese padre ideal también tiene que comprometerse verdaderamente con la crianza. El hombre ya no es el dueño de la mujer. Ellas quieren un compañero que esté a su lado”.

Incluso el Consejo de Europa emitió una recomendación en el año 2006 sobre políticas de apoyo al ejercicio positivo de la parentalidad en la que, entre otros aspectos, señala que el “ejercicio por parte de padres y madres de una responsabilidad igualitaria y compartida hacia sus hijos supone una contribución importantísima al desarrollo armonioso de la personalidad del niño”. De todas formas, en esta transición hacia una nueva paternidad, los hombres no siempre lo tienen fácil para compaginar su vida profesional con las obligaciones parentales aunque este sea su deseo. “El contexto social y los gobiernos tienen que ayudar todavía más a que puedan implicarse en la paternidad”, defiende Constanza Tobío, que critica que todavía esté mal visto en algunas empresas que un hombre solicite el permiso de paternidad, que tiene una duración de 13 días ininterrumpidos. Además, el Gobierno ha aplazado hasta el 1 de enero del 2016 la ampliación a un mes del permiso de paternidad en casos de nacimiento, adopción o acogida, cuando esta ampliación era una promesa tanto del anterior Gobierno socialista como del actual de Mariano Rajoy. Sin olvidar que los padres tienen derecho a otros permisos, como el de maternidad transferible (da derecho a disfrutar, en lugar de la madre, de las diez últimas semanas del total de 16 a las que tiene derecho esta) o el de lactancia (el padre puede disfrutar, en lugar de la madre, de una reducción de jornada de una hora diaria hasta que el retoño cumpla nueve meses). En el 2010, según datos oficiales, el 84% de los padres disfrutaron de un permiso de paternidad. Sin embargo, menos de un 2% de ellos realizaron como mínimo parte de las 10 semanas transferibles de los permisos de maternidad. Quizás hay que tener lo que reclamaba González para que un hombre le diga a un jefe de la vieja escuela que solicita el permiso de lactancia. La legislación española en este campo contrasta con otras normativas europeas, mucho más conscientes de la necesidad de facilitar que los padres asuman más responsabilidades. En Noruega, por ejemplo, los hombres tienen un permiso de paternidad de 14 semanas. Además, este permiso es intransferible; si el hombre renuncia a él se pierde. No le puede delegar ese tiempo a la madre. En opinión de Constanza Tobío, “todas las iniciativas que van en la línea de permitir que los hombres puedan dedicar más tiempo a los hijos están lanzando un mensaje muy claro a la sociedad: ellos pueden y deben implicarse”.

A pesar de las trabas sociales, a pesar de trasnochados discursos machistas, “los nuevos padres participan mucho más de la crianza, muestran mucho más su afecto, disfrutan mucho más de la paternidad”, apunta Agustín Béjar. Estos nuevos padres se dan cuenta de que también se pueden realizar como hombres ejerciendo la paternidad. De este modo, cuidar a los hijos ya no es un reclamo de la pareja, “sino una expectativa propia que refuerza la masculinidad”, señala Jiménez Godoy. No se avergüenzan de ser sensibles, de cantar una canción a su bebé, de hacer cosas que tradicionalmente quedaban reservadas a las madres. Ponen lo que hay que poner para ser padres de verdad.

Fuente

Hecho con Juanfran Díaz